21 de diciembre de 2016

Delfina




Yo me estaba poniendo una pollera de jean que tenía todos botones pero cuando me la puse no tenía los botones.
Entonces busqué una remera que tenía unos botones para probar si a la remera le faltaban los botones.
Y sí, ¡le faltaban los botones!
Entonces, fui a la policía para decir: "¡A mí me robaron los botones!"
Pero no le habían robado los botones, a la mamá también le faltaban los botones.
Entonces, a todo Buenos Aires le faltaban los botones.
Y así termina esta historia. 
Este es un cuento de Delfina Rey (9 años)

Ilustración de la autora

13 de diciembre de 2016

Leoncio



Hace mucho tiempo existían demasiados leones con problemas dentales hasta que un dentista decidió ayudarlos.
Un día, a un león se le movía un colmillo, entonces el dentista viajó al bosque de África para salvarlo, pero el león se negó ya que no le gustaba que le toquen la cara y menos la boca. ¡Por poco le termina arrancando la mano de un mordisco!
A pesar de ese peligroso momento, el dentista decidió quedarse con el león por algunos días y así ver qué le estaba pasando.
Después de diez días, el dentista intentó de vuelta pero esta vez durmió al león por completo. Le sacó el colmillo que se le movía y se lo dejó apoyado en una pata delantera.
Cuando se despertó, el león sintió que le faltaba algo. Se tocó la boca y ya no le dolía. Se tocó con la lengua y tenía un agujero. Rápidamente se dio cuenta de que tenía el diente apoyado en la pata. Así, pasaron los días y el león se acostumbró a jugar con el diente como si fuera una pelota, un hueso, un amuleto de la suerte. Lo llevaba a todos lados, lo enterraba y después lo buscaba como si estuviera jugando a las escondidas. Hasta que un día no lo encontró más. Cansado y triste de buscarlo se quedó dormido. Y durmió por varios días. Cuando se despertó, vio que en su jardín había crecido una nueva flor. ¡Y era en el mismo lugar donde había enterrado su diente!

Así es como desde ese día, esas flores se llaman "diente de león".



Este es un cuento de Valentina Kromholc (10 años) 

Ilustración de Lim Heng Swee

11 de julio de 2016

El secreto


Muchos creen que los conejos prefieren la noche para llevar a cabo todas sus actividades cotidianas y que es durante el día cuando viajan a lo profundo de los sueños.

Pero la verdad sólo la saben unos pocos estudiosos de la familia de los cuniculus: los conejos -excepto aquellos insonmes o rebeldes- son de preferencias crepusculares por lo que trabajan durante las primeras horas de la mañana y se divierten durante los últimos instantes de la tarde.

Y así logran despistar a sus enemigos que, con los horarios cambiados, siempre tienen mucho sueño para perseguirlos.


Ilustración de Teresa Winchester

13 de diciembre de 2015

Ella mon amour




Cuando la conoció, inmediatamente supo que tenían mucho en común y más aún por explorar. El hizo de todo por enamorarla. Y Ella se dejó, intoxicada por sus palabras y un perfume que había soñado mil veces. En el primer abrazo, sus cuerpos finalmente completaron ese rompecabezas de brazos, cuellos y panzas mulliditas.

Cuando todo fluía naturalmente, y los dos empezaban a sincronizar latidos, El supo que su vida al lado de Ella era todo lo que siempre había querido. Y fue en ese brevísimo instante, volviendo del supermercado, que su felicidad lo paralizó. Las bolsas se deslizaron lentamente de sus manos y cayeron al piso. Al miedo de perderla, sobrevino el pensarse sufriendo con el corazón roto. La desesperación en forma de sudor frío le corrió por la espalda. Entonces, con ese tremendo dolor que le oprimía el pecho, se agachó, tomó las bolsas, y siguió cabizbajo hasta su casa. 

Y nunca, nunca más volvió a  hablarle. Ni a verla. 



Ilustración de LANA

27 de julio de 2015

Olek & Olenka


Petrov es empleado administrativo de la Municipalidad de Kiev. Vive solo y desde pequeño tiene un único sueño: pertenecer al jet set europeo. 

Una tarde de sábado, en la peluquería, leyó en una revista de la socialité ucraniana que el último grito de la moda era tener una mascota exótica (si en peligro de extinción, mejor). 

Así es como con el pelo recién engominado, y en su afán por ser parte del exclusivo grupúsculo, terminó en las afueras de la ciudad negociando de manera non sancta la compra de una pareja de perezosos originarios del Amazonas. 

Sumido en la obsesión por volverse famoso, acondicionó su departamento de dos ambientes con palmeras y árboles frondosos para que los peludos bichitos no tardaran en adaptarse a su nuevo hábitat. Hasta los bautizó con los nombres de sus abuelos maternos, Olek y Olenka, que siempre fueron sus preferidos. 

Lamentablemente, en su planificación, Petrov no tuvo en cuenta que los perezosos son animales lentos y estrictamente nocturnos que se pasan la noche arrancando y comiendo hojas. Sus constantes movimientos, balanceándose de rama en rama, interrumpieron de tal manera el descanso de Petrov que, al poco tiempo de adoptarlos, empezó a llegar tarde al trabajo y finalmente terminaron por echarlo. 

Pronto, los perezosos se volvieron el centro de la vida de Petrov. Y, con la misma velocidad, su departamento dejó de ser habitable. Los perezosos hacían todo (o casi todo) colgados de las ramas: comer, dormir, jugar entre ellos. Sólo una vez cada cinco días, bajaban al suelo -el parquet ya cubierto de hojas rotas o secas- para ir al baño. 

Recluido en su propia selva, sin nadie con quién compartir las hazañas cotidianas de sus animalitos, Petrov comenzó a fotografiarlos y a armar simpáticos videos que subió a internet. Rápidamente, el "Tarzán ucraniano" -como dieron en llamarlo los medios- se convirtió en un suceso. Todo el mundo hablaba o se reía de él. Inclusive National Geographic le propuso filmar un documental. 

Fue así como finalmente Petrov se hizo famoso, pero bien lejos del glamour con el que tanto soñaba. 



Ilustración de Lena Revenko







23 de julio de 2015

Los dos festejos



"Hoy, 23 de julio, es mi cumpleaños número cuarenta, pero mi primer festejo fue el 22 de mayo.

Esa noche, con la inocencia de la esperanza, le hice creer a mi papá que era mi cumpleaños para que con sus últimas fuerzas le diera batalla a la enfermedad que venía robándole todo, hasta las ganas de comer y tomar agua.

Él, perdido en algún lugar de su laberinto ya casi no hablaba. Yo, tratando de llamar su atención buscaba recordarle cómo se tomaba con una bombilla.

Él, con sus ojos celestes muy lejos, haciéndome algunos gestos, buscando mi aprobación a su esfuerzo. Y yo, insistiendo con un "dale pa, uno más para festejar mi cumple, así, aspirando para adentro".

El Alzheimer le estaba ganando a su voluntad, borrando sus necesidades básicas. Y ahí estaba yo, aferrándome a la ilusión de que en algún rinconcito aún quedara algo de su personalidad fuerte, luchadora, cabezadura, que pudiera revertir esa pulseada y quedarse, todavía, un poco más conmigo.

En un momento, no lo recuerdo exactamente, creo que dije que me había olvidado la torta para soplar las velitas. Entonces lo vi hacer un esfuerzo enorme para juntar sus manos y empezar a aplaudir; y tratando de disimular las lágrimas hice lo que pude para cantarme el feliz cumpleaños en voz alta. Sin hablarnos, entendiéndonos con las miradas, dándome su último gran regalo para que me durara todos mis futuros cumpleaños.

Esa noche me fui a casa sin saber que al día siguiente lo íbamos a tener que internar por un cuadro bronquial y que en cuatro días se iría físicamente para siempre.

Esa noche, dos meses y un día antes, mi papá me festejó mi cumpleaños número cuarenta."

22 de julio de 2015

Marilinda




En el mundo marino todos saben que a la edad de trece años las sardinas mujeres tienen la posibilidad de convertirse en sirenas mediante un ritual que sólo conocen los jefes de cada cardumen. 

Mientras que las bellas sirenas vivirán eternamente cantando y seduciendo marineros a la distancia, hay sardinas que eligen ser sólo sardinas y formar familias a pesar de que saben que sus días pueden terminar en una lata. 

Algunas se arriesgan y persiguen las dos cosas, como Marilinda. 

A veces les va bien. Otras, las descubren.



Ilustración de Aurélie Guillerey

13 de julio de 2015

Margarita y cía.


Esta pequeña rubia es Anita. Una tarde de verano, ella -de seis años- y su mamá pasean por el jardín zoológico:

- ¡Mirá, Ani! Acá, en este cartel, dice que la elefanta se llama Margarita y tiene treinta y dos años. También cuenta que nació muy lejos, en un país que se llama Sudáfrica... ¿Sabías que ningún elefante puede saltar?
- Tiene cara triste...
- También explica que los sonidos que hacen con la trompa no pueden escucharlos las personas porque vibran en otra frecuencia. Si Margarita nos estuviera diciendo algo, no podríamos saberlo. 
- Mami, ¿podemos irnos?
- ¿Por qué, Anita?
- No quiero venir más al zoológico. ¿Vamos?
- Pero, Anita, ¡los animales son lindos!
- No, no me gustan, son malos. 
- ¿Por qué decís eso?
- Porque deben haber hecho cosas muy feas y malas para estar presos tras las rejas.

Ilustración de J. P. Miller

10 de julio de 2015

El amigo de Agustín


Pedro es mi mejor amigo aunque mis padres no lo saben. Siempre me presta sus útiles cuando olvido los míos o me deja copiar las respuestas que no sé. En los recreos me busca para jugar con las figuritas o me comparte las galletitas caseras de limón que le hace la señora que trabaja en su casa.  

Me gusta escucharlo hablar de sus libros favoritos y de las ideas que se le ocurren para inventar juegos de mesa. Es fanático de las películas animadas y no se cómo hace pero se sabe de memoria casi todos los diálogos de los personajes importantes.

Pedro es tranquilo y muy inteligente. Estudia mucho y siempre se saca las mejores notas a pesar de que sus padres millonarios se pasan el año viajando por trabajo. Lo bueno es que a cada vuelta lo llenan de regalos. Lo mejor es que muchos de esos regalos ya los tiene repetidos y me los termina dando a mí.

A veces pienso que, cuando sea grande, me gustaría casarme con él. 

Ilustración de Bernice y Lou Myers.

29 de junio de 2015

China y Fatiga




Cuando China y Fatiga se conocieron, sus padres, que eran amigos de toda la vida, fueron felices. Rápidamente empezaron a planear salidas juntos, excursiones al bosque; soñaron con campamentos bajo la luz de la luna y viajes cortos a la playa. Todo para que sus hijos de cuatro patas disfrutaran y corrieran con la lengua afuera, extasiados.

La vida de China, una shih-tzu de pura cepa, siempre había sido hermosa, llena de momentos soñados. Y de ahí su personalidad sin maldad. En cambio, Fatiga, mestizo mediano y de precioso pelaje dorado, abandonado desde pequeñín, había crecido con las dificultades y la tristeza que conlleva vivir en la calle. Y aún así tenía el corazón rebosante de sabiduría y amor para regalar.

Entonces, en su primer momento juntos, se miraron a la distancia. Cada uno evaluó los movimientos del otro. Se olieron, se midieron lentamente como dos boxeadores arriba del ring. Para sus humanos fue un momento de tensión y expectativa. Para ellos, el comienzo de una hermosa amistad. 

Disfrutaron y aprendieron el uno del otro. A los perros no les importan las diferencias raciales.


Foto de Nicolás Alvarez y Joaquín Ostrovsky

Para conocer más de China y Fatiga: Son las cosas de la vida




18 de junio de 2015

El señor Oviedo



Todos los mediodías, casi siempre a la misma hora, luego de que termina de controlar las cuentas en su banco, el señor Oviedo pasa por su casa a buscar a su perrito Dorado y camina las tres cuadras que hay hasta nuestro negocio.

(Mi papá heredó este local de su abuelo que hacía chorizos y quesos en el fondo de su casa y los vendía a quien supiera que en el 233 de la Calle 54 tenían los mejores embutidos del barrio. Desde entonces, y ahora un poquito más modernizados, todos trabajamos en la fiambrería. Ya no vendemos productos caseros pero despachamos las mejores marcas a buen precio, o eso me hace decir mi mamá.)

Y es a nuestro local a donde elige venir religiosamente todos los días el señor Oviedo. A aquellos que no lo conocen, tal vez les parezca un jubilado más que saca a pasear a su perrito por mero aburrimiento o para estirar las piernas y hacer un poco de ejercicio. Pero el señor Oviedo, tal como lo ven, con su traje y sombrero ya pasados de moda es el hombre más rico de la ciudad.

Antes de entrar, siempre se queda al menos cinco minutos mirando nuestra vidriera. Y dentro de su rutina, sólo se permite variar en la elección del tipo de fiambre que compra. Lo que mantiene a rajatabla es la cantidad: cuatro finas fetas. Sólo eso. Nos hace cortar tres fetas para él -que pueden ser de jamón crudo, cocido, salame picado fino, salchichón primavera, bondiola o pastrón- y una para Dorado, que espera parado en dos patas delante del mostrador y la recibe en el momento.

En mi familia hay quienes piensan que el señor Oviedo es tan tacaño que come poco para gastar menos. Yo creo que lo hace para darse el gusto y conservar las ganas de volver al día siguiente. Hay personas a las que les gustan los rituales.

Ilustración de Bill Charmatz

5 de mayo de 2015

Los Fóbicos


Cuando la Asociación Mundial de Obesos y Regordetes (A.M.O.R) anunció la inauguración del primer balneario nudista exclusivo para gordos, el mundo estalló en una guerra de opiniones encontradas. Los sectores más conservadores se opusieron a rajatabla por considerarlo de mal gusto y enfermizo, so pretexto de que el cuerpo no fue creado para soportar la deformación de la gordura: "¡Suficiente con tener que ver gordos mostrándose en la vía pública, qué horror si encima estuvieran desnudos en la playa!", bramaban con más o menos palabras. 

Una rama radical de la ciencia se animó a declarar a la obesidad antinatural y sostuvo que la humanidad corría riesgo de extinguirse de no hallar una solución para erradicarla.  Decenas de grupos de fanáticos religiosos se congregaron frente al Congreso con la esperanza de que una ley de urgencia prohibiera tremenda aberración arguyendo "que en la Biblia no hay gente gorda, que la gordura es condenada por ser considerada resultado de uno de los pecados capitales, que Dios nos hizo a todos a su imagen y semejanza y nadie nunca vio a Dios gordo, ¿nocierto?" 

Aquellos a favor de las libertades individuales y la igualdad de derechos acamparon durante meses frente a la Casa de Gobierno. Debatían en los medios noche y día, dando una pelea descarnada. Pero rápidamente, los opositores se dieron cuenta de que -en su mayoría- quienes defendían el denostado proyecto tenían, al menos, algunos kilos de más y usaron ese argumento para debilitarlos. Y ya sin el apoyo popular, quedaron noqueados, fuera de la pelea. 

Finalmente, la gente se aburrió del tema, dejaron de tratarlo en la televisión y el Concejo de A.M.O.R tuvo que dar marcha atrás con la iniciativa. Así, los gordos abandonaron el sueño de broncesarse parejo y continuaron escondiendo sus carnes rollizas frente al mar. 

Ilustración de Mashkaman

3 de mayo de 2015

Sofía



Me miro y me encuentro:

Lo malo de los espejos es que me reflejan.

Ilustración de Emmi Rikka

1 de mayo de 2015

Los hermanos Papini


Antes de que los hermanos Papini heredaran el negocio familiar, se dedicaban a robar corazones. Siempre fueron los más guapos del pueblo; los tres morochos y de ojos verdes casi azulados tenían a todas las mujeres suspirando por ellos, soñando despiertas con que alguno les propusiera algo más que una cita. En cambio, a ellos sólo les gustaba divertirse y se habían jurado mutuamente no enamorarse de ninguna para evitar que se diluyera esa articulación de bon vivants que venían construyendo desde adolescentes. 

Mientras Mariano, Martín y Matías -que ya rondaban los treinta años- llevaban una vida de seductores a tiempo completo, papá Papini se deslomaba sacando adelante la planta procesadora de pescados y mariscos más grande de la costa. Apañados por su madre, sólo se dedicaban a pasarla bien y gastar dinero sin miramientos.

Cuando el viejo Papini murió de un ataque cardíaco cargando un pesado cajón de merluzas y los chicos tuvieron que hacerse cargo de la empresa, hubo tres llantos desconsolados. Fue entonces cuando supieron que se les acababa el ocio de nuevos ricos. En cuestión de horas se los vio cambiar los trajes importados por las botas de hule y los gorros de lana para combatir el frío penetrante de la cámara frigorífica. 

Con el tiempo dejaron atrás las coupés deportivas, la piel suave de las manos dio lugar a ásperos callos y como a los perfumes franceses les resultó imposible tapar el hedor permanente del bacalao, las mujeres desaparecieron y quedaron solterones para siempre. 



Ilustración de Soojin Buzelli

21 de abril de 2015

Señor Yeti


Así transcurre la vida del Yeti: ochenta y un años inventando monstruos para sentirse menos solo. 


Ilustración de Malo Tocquer

9 de abril de 2015

Alfonso y Eloísa


Se conocieron en un baile de la Sociedad de Fomento de Chacarita, allá por 1963. Alfonso y Eloísa casi llegaban a los treinta y a los dos les encantaba bailar al ritmo del Club del Clan. Eso y su fanatismo por el cine de Hollywood hizo que congeniaran rápidamente. Ella se pasó la noche haciéndole ojitos; el apostó todo su carisma para volverla a ver. Un par de salidas después Alfonso echaba al olvido a una tal Stella Maris, y se confesaba perdidamente enamorado de Eloísa. A ella le nacían mariposas en la panza y ya se imaginaba con un vestido blanco en la Iglesia de la Misericordia. 

Al año y cinco meses de casarse, llegó el primero de sus tres hijos varones. Todos los que los conocían hablaban de la hermosa familia que habían formado, que eran una pareja destinada a estar juntos, que si eso de la media naranja era verdad, ellos eran prueba viviente. Y así, Alfonso y Eloísa eran envidiados por muchos y, aún así, eran felices. Ella, modista de la tienda Harrods, dejó de trabajar y se dedicó a ser la mejor esposa, ama de casa y madre que cualquier hombre pudiera desear. Y cuando él tuvo sus malas épocas en la ferretería, cuando no se vendía nada ni para pagar la luz, Eloísa ajustó los gastos, hizo malabares con el dinero y permaneció firme a su lado apoyándolo sin reproches. Nunca tuvieron grandes discusiones. Muchas veces ni les hacía falta hablarse. Con sólo mirarlo, Eloísa sabía todo lo que le pasaba a Alfonso. Y viceversa. 

Así pasaron los años, y envejecieron juntos. Sus hijos inclusive aseguraban que tenían la misma cantidad de arrugas, no fuera cosa que uno pareciera más avejentado que el otro. Ya con los achaques propios de la edad, Alfonso se enfermó primero. Como era de esperar, Eloísa lo atendió y lo cuidó las veinticuatro horas, sin un lamento. Por las noches, cuando la tos no lo dejaba dormir, ella le prendía la radio para que la música lo tranquilizara o le leía en voz alta algún cuento. Durante el día, lo acicalaba y se encargaba de hacer los mandados y mantener en orden la casa aún cuando su huesos también le pasaran factura. 

Una tarde muy fría de agosto fue la última de Alfonso junto a Eloísa y mientras ella le sostenía la mano, con su último suspiro, al él sólo se le ocurrió pensar cómo le hubiera gustado conocer más a Stella Maris. 


Ilustración de Lieke van der Vors



El Hominem Occultum


Dicen que cuando uno no se anima a ser quien es
vive eternamente en la maleta de un viajero invisible 



Ilustración de Franco Mattichio

26 de marzo de 2015

Los de Yesovia



"Ninguno de nosotros sabe por qué estamos encerrados. ¿Será que nos tienen miedo? Es cierto que somos diferentes, pero ¿quién no? ¿Acaso tenemos la culpa de haber nacido así? Todo el tiempo escuchamos cómo murmuran historias cuando pasan cerca nuestro: que salimos de noche a hurtadillas, que traemos suerte pero a un costo altísimo, que estamos malditos o que queremos conquistar el mundo y volver esclavos a los hombres. Brujería o inventos de extraterrestres. Pero nada de eso es cierto. A nosotros nos gusta hacer otras cosas: estar al aire libre, sentir el pasto fresco bajo nuestros pies, contar historias antiguas, y como mucho, hacer alguna travesura, como esconder cosas o pedirlas prestadas por un ratito. Aunque es verdad que algunos se encariñan y no devuelven."

Fotografía de Nicolás Alvarez y Joaquín Ostrovsky

Renato


Todos saben que los renos son hermosos, perfectos. Lo que se mantiene en absoluto secreto es su gran talón de Aquiles: no saben mentir. Y a raíz de esto, aún hoy toda la comunidad de Alaska debate en las sobremesas sobre la veracidad de la historia de Renato, el reno. 

Cuenta esta leyenda que a Renato, desde chiquito, le patinó la "R". Sus padres, sintiéndose culpables por el nombre que le habían elegido, lo enviaron a todos los fonoaudiólogos de renombre, pero sin grandes resultados. Renato continuó arrastrando afrancesadamente la "R" y casi todos continuaron riéndose al escucharlo hablar. Los menos, hacían un esfuerzo enorme para contenerse. 

Viéndose centro de todas las burlas, a Renato se le ocurrió aislarse en la comunidad de las aves, a unos kilómetros del bosque de los Caribú. Decidido a dejar atrás a quienes lo habían ofendido, se animó a hacerse pasar por pájaro. Se olvidaría de todos; se olvidaría de que alguna vez fue reno y de su maldito nombre. Y así fue como se armó un pico falso y con mucho esfuerzo se subió a la gruesa rama de un nogal. 

Cuando empezaba a sentirse a gusto, mirando todo desde las alturas, se le acercó una lechuza con cara de desconfiada y le preguntó: "¿Por qué tienes cornamenta si eres pájaro?" Al no saber mentir, a Renato se le llenaron los ojos de lágrimas mientras bajaba del árbol y con la cabeza gacha, sin que nadie pudiera saber por qué, se perdió en la noche para nunca más volver. 

Ilustración de Illustration Poetry

25 de marzo de 2015

Albertito




Albertito fue siempre un distinto. Nació sietemesino y pesó tan sólo dos kilos y medio, por lo que su madre, ni bien pudo, lo llenó de vitaminas de varios colores, y de sus platos favoritos: panchos, papas fritas y fideos con mucho queso.

Así, Albertito creció muy cuidado y mimado. En cambio, sus compañeritos de colegio no lo querían ni un poquito. En la clase vivían arrojándole tizas o salpicando con tinta su guardapolvos. Y durante los recreos se quedaba solo en una esquina leyendo alguno de sus libros mientras escuchaba cómo los demás se burlaban. "Cerdo rosado" le gritaban cuando sus cachetes tomaban color por el frío, "Bola de grasa" si terminaba transpirado después de las clases de gimnasia o "Molde de hipopótamo", porque sí, sólo por ser cruel con Albertito.

Lo que más los incentivaba a molestarlo era que él no les respondía, no lloraba, no se quejaba con la maestra. Seguía absorto en su mundo, leyendo o dibujando en su cuadernito. De esta forma, Albertito aprendió a vivir soñando, viajando con su imaginación a lugares fantásticos, menos tristes, donde se sentía a salvo, donde todo era posible, donde podía ser pirata, bailarín, bombero o sirenita. Donde otros lo aceptaban tal como era. Donde era felíz.

Ilustraciones de Anna Maria Lubinska